RSS Feed - Suscripción!














Últimos Comentarios





Algunos teóricos observan las sociedades como grandes sistemas que funcionan por sobre los individuos. Cuando esta perspectiva es extrema, los actores sociales carecen de autonomía alguna ya que todo lo que hacen está dictado por un sistema omnisciente que posee necesidades y objetivos que los determinan. Talcott Parsons es uno de estos sociólogos extremos. Cuando uno lee algunos de sus textos, una perturbadora sensación de inevitable mediocridad lo invade. Según el autor todo lo que hacemos está signado por un sistema que le otorga a los actores el rol de marionetas autómatas que simplemente cumplen roles. Lo curioso de su teoría resulta que no presenta a la sociedad como sistema opresivo que obliga a los actores a actuar de una determinada manera, sino que el mismo sistema se internaliza en los actores, y así pasan ellos a actuar y desear lo mismo que precisa el sistema. Parsons reduce absolutamente todo tipo de expresión o sentimiento a una internalización del sistema. Es así que mi deseo de ser un gran empresario y de encontrar el amor eterno y consolidar una sólida familia, no es mío auténticamente, sino que el sistema logró adecuadamente internalizar sus necesidades de tener actores productivos (empresario) que logren estabilidad y contención emocional (matrimonio) y transmitan sus propios valores culturales de la manera más eficiente posible (familia).

Leer más...




Cuando somos pequeniños, nuestros padres nos adoctrinan. Nos enseñan el mundo mostrándonos qué está bien y qué está mal. Nosotros los ayudamos a que nos muestren el camino al desafiar los límites. Nos llevamos naturalmente la comida del piso a la boca, le hablamos a desconocidos, le sacamos la lengua a los policías, y nos pegamos con nuestros amigos, entre tantas otras cosas divertidas. Y es así que poco a poco nos vamos insertando en la sociedad, imitando a aquellos que nos rodean para poder realizar nuestras cotidianas actividades. Básicamente, lo que hacemos es evolucionar hacia el complejo y anhelado camino de la adultez.
Recuerdo cuando era apenas un nene y vivía peleando con mi hermano mayor. En el momento en el que mi mamá nos retaba, volvíamos a pelearnos para dilucidar quién había empezado y en ese mismo instante ellá interrumpía: “No me importa quién la empezó. Se dan un abrazo y se hacen las paces. Son hermanos, y los hermanos tienen que cuidarse y quererse.” Frases potentes si las hay. Y ahí nomás, ante la convicción de mi madre, no nos quedaba otra que hacer lo que nos indicaba, y a los diez minutos ya estabamos jugando a las escondidas entre risas como si nada hubiera pasado.

Leer más...