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- Por Marcelo Schnock - nov 20, 17:08
Cuando somos pequeniños, nuestros padres nos adoctrinan. Nos enseñan el mundo mostrándonos qué está bien y qué está mal. Nosotros los ayudamos a que nos muestren el camino al desafiar los límites. Nos llevamos naturalmente la comida del piso a la boca, le hablamos a desconocidos, le sacamos la lengua a los policías, y nos pegamos con nuestros amigos, entre tantas otras cosas divertidas. Y es así que poco a poco nos vamos insertando en la sociedad, imitando a aquellos que nos rodean para poder realizar nuestras cotidianas actividades. Básicamente, lo que hacemos es evolucionar hacia el complejo y anhelado camino de la adultez.
Recuerdo cuando era apenas un nene y vivía peleando con mi hermano mayor. En el momento en el que mi mamá nos retaba, volvíamos a pelearnos para dilucidar quién había empezado y en ese mismo instante ellá interrumpía: “No me importa quién la empezó. Se dan un abrazo y se hacen las paces. Son hermanos, y los hermanos tienen que cuidarse y quererse.” Frases potentes si las hay. Y ahí nomás, ante la convicción de mi madre, no nos quedaba otra que hacer lo que nos indicaba, y a los diez minutos ya estabamos jugando a las escondidas entre risas como si nada hubiera pasado.
Pero parece ser que cuando uno evoluciona, deja atrás estas nefastas actitudes de un amor instintivo para pasar a otras propias de la adultez. Ya los problemas no se resuelven tan fácilmente, los abrazos son de sensiblón y las paces se traducen en pactos fiduciarios. Es que, claro, son los costos que debemos pagar por evolucionar y crecer. Me recuerda al mismo discurso que se hace sobre el llamado “progreso”. Construimos ciudades con decibeles sobrenaturales y destruimos la naturaleza con emanaciones desmedidas de gases tóxicos, pero no tenemos derecho de quejarnos, porque, claro, son los costos del progreso. Parece ser que hay tantas definiciones un tanto alteradas que vale la pena revisar.
Hago esta reflexión en referencia a la reciente pelea vedettesca entre Aníbal Fernández y Mauricio Macri entre todas las que vemos semana a semana en los diarios y que dominan la escena política argentina. Parecen dos niños peleándose por el postre, cada uno explicando quién la empezó y sin llegar a ningún puerto concreto. Lo único que les haría falta para que sean niños del todo, es que alguien los tome de la oreja y les diga: “No me importa quien la empezó, se dan un abrazo y hacen las paces, porque son hermanos y los hermanos se tienen que querer” Pero no creo que eso vaya suceder, por lo menos no esta semana, porque Aníbal y Mauricio y Lilita y Gerardo y Cristina son adultos evolucionados y no niños inocentes que no entienden nada.
—Fefe · 22 noviembre, 11:55 · #
Tenemos mucho que aprender de los nenes…màs de lo que creemos